08 Mar
08Mar

Yo conozco bien su historia porque fuimos juntas al instituto y la conozco desde entonces. Pero seguro que tú puedes cambiar su nombre por el de alguna otra que tengas entre tus conocidas.

Para Conchi, las cosas nunca fueron fáciles. Madre soltera, terminó sus estudios combinándolos con trabajos poco cualificados. Pero finalmente consiguió entrar en uno de los despachos más importantes de la ciudad. No pasó desapercibida para sus jefes, estaba claramente sobre titulada para el puesto que tenía de secretaria, y hacía muy bien su trabajo. Ascendió en la empresa hasta que llegó al despacho de dirección. Como secretaria del director, era además jefa de secretarias, coordinando los distintos departamentos a través de las demás secretarías.

Su esfuerzo fue bien recompensado, pero sin duda, estar en la cima supone un alto precio en términos de vida personal. Madre de una chica adolescente, cada vez tenía más discusiones con ella, tratando de que aprovechara mejor el tiempo y se preparase para el futuro. Pero, como suele pasar, para la joven, aquello no era sino una injerencia en su libertad; motivo por el que rara vez estaban de acuerdo en algo.

Se acercaba el 8 de marzo. Día del cumpleaños de Conchi. Este era especial, porque llegaba al medio siglo. Siempre tuvo muy presente la celebración del día de la mujer, creía que no era casualidad que naciera ese día. Al fin y al cabo, había tenido que esforzarse el doble toda su vida para conseguir lo mismo, o menos, de lo que conseguían los hombres con los que se relacionaba. No le debía nada a nadie, si acaso a ella misma cierta dosis de coherencia y firmeza. La fijación de objetivos siempre le había funcionado, pero como decía antes, tuvo un alto precio en su vida social y familiar.

Una semana antes de su cumpleaños, estaba en casa con los preparativos para el día siguiente. Le gustaba tenerlo todo preparado al levantarse, su momento de paz preferido era en mitad de la madrugada, saboreando un café tranquilamente mientras veía las noticias –sin sonido, solo ver las imágenes–. Su hija estaba en casa de su amiga Erika. Le gustaba Erika, era buena estudiante y sin duda supondría una buena influencia para su hija. Pasaría la noche fuera para ir directamente al instituto, porque tenía examen y repasaría toda la noche. Ya le había dicho muchas veces que no era bueno dejar los estudios para el último día, pero al menos estudiaba. Y encima, le funcionaba, porque aunque no era una alumna de sobresalientes, si que tenía buenas notas.

En esas estaba cuando recibió un audio de su hija, llorando, en el que le pedía que fuera a por ella, que no quería hacer lo que le pedían y se había encerrado en el baño. Acompañaba al mensaje desesperado una ubicación. La dirección no era la casa de Erika. Era evidente que le había mentido para ir a alguna fiesta, porque era en un polígono de las afueras; lejos de donde pudiera molestar el ruido de una fiesta de adolescentes en mitad de la semana. Se puso una chaqueta, tomó las llaves del coche y salió directamente al polígono. Sabía la dirección porque tenía que pasar cada día por delante para ir al trabajo. No obstante, siguió las indicaciones del navegador que apuntaban a la ubicación que le mandó.

Como supuso, al llegar se oía mucho ruido de música pensada para conmover las neuronas, más que para apaciguarlas. Varios coches flanqueaban la entrada, y transitaba mucha chiquillería con vasos de plástico hasta los topes, y con humo que no era precisamente de tabaco. Entró deslizándose entre la multitud, en busca de los baños. Enseguida se dio cuenta de dónde estaban por la cola de chicas protestando porque no abría la que estaba dentro.

–Marta, abre, soy yo, mamá.

Salió llorando y se tiró a sus brazos mientras en la cola unas aplaudían por quedar libre el aseo, y otras se preguntaban por lo que le pasaba a aquella chica. No se hablaron mientras trataban de salir entre la multitud, cuando un tipo, de aspecto algo siniestro, bastante más mayor que la media de edad de los presentes, les salió al paso, no dejándoles pasar.

–Marta no se va a ninguna parte, ella está aquí por voluntad propia, y nos lo estábamos pasando muy bien hasta que llegó usted, vieja.

–Escucha, imbécil, no tienes ni idea de quién soy ni de los contactos que tengo. Mi hija es menor de edad. No puede estar aquí. Puedo hacer que esto lo cierren en menos de una hora. Y como le hayas puesto un dedo encima prepárate, porque no saldrás de prisión hasta que el viejo seas tú; eso, si te dejan salir de prisión, al menos entero –apoyaba sus palabras con un cuchillo que nadie le vio sacar, cuya punta estaba firmemente sujeta en la entrepierna del tipo siniestro–.

Sin mayor problema, las dejó irse y cuando ya estaban a algunos metros, a pesar de lo alto de la música, se le oyó despotricar sobre Marta y que esas cosas pasan por tratar con chicas que «se las dan de mayores». 

No hicieron mayor caso, y pronto llegaron al coche. Por el camino casi no se hablaron.

–Lo siento, mamá, de verdad.

–No te preocupes, ya lo hablaremos mañana.

Al llegar a casa, Marta fue directamente a su habitación, sin mediar palabra. Era casi medianoche, y Conchi apenas si tenía cuatro horas antes de que sonara el despertador. Cuando lo hizo, no tenía fuerzas para detener su tintineo. Como pudo, se levantó para preparar el desayuno. Su momento de paz matutino ahora no era una opción. Frente al espejo observó los estragos que hacen en un rostro los desvelos nocturnos. Afortunadamente, hacía tiempo que sabía disimular muy bien las ojeras con el maquillaje. Pero le dedicó más tiempo del que solía. Por lo que no pudo ir con la calma acostumbrada.

Ya en el coche, pasó por delante del complejo industrial. Vio la nave que hacía unas horas mantenía una auténtica jauría de jóvenes ávidos de diversión. Y ahora parecía que nada se había movido allí en semanas. Le removió el estómago recordar al matón con el que se tuvo que enfrentar. Solo esperaba que su hija hubiera aprendido la lección. Al llegar a las oficinas, como casi todas las mañanas, era de las primeras. Apenas cuatro o cinco plazas del parking ocupadas, y una lo hacía la empresa de limpieza, que todavía no había abandonado las instalaciones.

Tras los pasos iniciales de cada día, comenzó su revisión de las agendas de secretaría. Observó que otra vez faltaban datos de la secretaria de compras. Por lo que levantó el teléfono y marcó su extensión. Cuatro tonos más tarde, volvió a colgar. No era el mejor día para poner a prueba su paciencia. Por lo que decidió ir al office y prepararse un café bien cargado. Desde la ventana del mismo office pudo ver como aparcaba la secretaria de compras, giró su rostro hacia la pared y comprobó que llegaba veinte minutos tarde. Entre eso, el ascensor, saludar y arrancar el equipo, calculó una media hora de retraso. Volvió a su mesa con la taza de café todavía humeante. Esperó pacientemente esos minutos, y volvió a marcar su extensión.

–Buenos días Conchi. ¿En qué puedo ayudarla?

–Por favor, venga a mi despacho.

Casi no se había ni quitado la chaqueta y ya la llamaba su jefa al despacho, nada bueno podía suponer.

–Puri, sabe muy bien que es política de la empresa ser puntuales en nuestras tareas. Un solo retraso y la cadena deja de producir. Por así decirlo.

–Sí, soy consciente. Pero…

–No hay pero que valga, hoy han sido treinta minutos. Y sabe bien que no es la primera vez.

–Sí doña Conchi, es que tuve problemas en casa con los niños. Usted no lo entiende.

–Yo también soy madre, y no me verá quejándome por los rincones, ni dejando de lado mis obligaciones. Mi trabajo no es culpable de mis problemas personales. Espero que no se vuelva a repetir, o tendré que tomar medidas más severas. Ahora vuelva a su puesto y termine el informe de compras para poder informar al director.

Puri musitó una despedida, con los ojos encharcados en lágrimas, pero conteniendo el impulso de romper a llorar. Conchi, que apenas había mirado a su subordinada, continuaba preparando el dossier de informe a dirección. En realidad, aunque hubiera llegado a tiempo, lo entregaría a la misma hora, porque el director no solía llegar antes de las 10:00. Pero ese no era el quid de la cuestión.
Poco antes de las diez, Conchi dejaba sobre la mesa del director el dossier, y aireó un poco el despacho para que cuando llegara el director estuviera a la temperatura correcta. Una vez terminada la primera parte de su trabajo, volvió a su escritorio. Al abrir su cajón, comprobó que tenía mensajes en el móvil. Pero debía dar ejemplo, por lo que no los miró y lo metió en el bolso, para continuar con sus tareas. Al llegar el director le saludó y despachó con él rápidamente. Había sentido como vibraba el bolso, por lo que suponía que Marta le había vuelto a escribir. Cogió su bolso y se dirigió al aseo, y una vez dentro, comprobó cómo su hija se había pasado la mañana enviándole diversos mensajes de disculpa por lo ocurrido el día anterior. Conchi estaba razonablemente contenta, pues su hija aprendió la lección y parecía, a tenor de sus promesas, que cambiaría de actitud. 

En esas estaba cuando sintió que alguien más entraba en los aseos femeninos. Se mantuvo en silencio, mientras la persona que entró no lo hizo sola, pues estaba comentando con alguien, mientras se aseaban frente al espejo.

–¿Te puedes creer que la bruja de Conchi me dio un ultimátum esta mañana por llegar tarde?

–¿Pero tú le dijiste que habías tenido problemas en casa?

–Claro que sí, pero le dio igual. Es una bruja. Como ella no tiene vida familiar, y se pasa aquí todo el día, se cree que los demás también debemos hacerlo.

–Encima esta semana es su cumpleaños.

–¿En serio? A ver si se jubila de una vez y nos deja a las demás en paz.

–¡No te pases! Que solo cumple cincuenta o cincuenta y uno.

–¿Nada más? Pues yo creía que tenía más de sesenta.

Mientras se reían a carcajadas, fueron dejando el aseo y volviendo a sus respectivos puestos. Conchi estaba roja de ira, tenía ganas de ir a sus puestos y ponerlas de patitas en la calle. Cuando salió de su habitáculo, frente al espejo, comprobó que a pesar de su maquillaje, tenía mala cara. Se retocó para tratar de disimular más el cansancio, y decidió ignorar unos comentarios que en realidad nunca debió escuchar.

Al llegar a casa, su hija le había tratado de preparar una cena. Aunque no era muy ducha en la cocina, le agradeció el detalle y le dijo que no hacía falta que hiciera nada de eso. Que bastaba con comportarse bien, y preocuparse por sus estudios. Dejando las cosas del hogar para ella.

El resto de la semana transcurrió sin mayor interés. Al llegar el día 8 de marzo, estaba particularmente contenta. En el fondo no había sido una mala semana, ni en el trabajo ni en su casa. Y ese día, se puso el pañuelo lila que solía usar siempre como homenaje a las mujeres, el día de su cumpleaños. Al salir de casa, su hija seguía durmiendo, por lo que no quiso despertarla y forzarla de alguna manera a que la felicitara. Llegó a la oficina, y entre las tareas cotidianas, repartió lazos lila entre todas las mesas de la oficina. También en los despachos de los asociados y resto de directivos. Al llegar la hora de la pausa para el desayuno, cogió su teléfono y comprobó que tenía un mensaje de Marta. Sin duda le habría enviado alguna felicitación personalizada. Entró en el mismo y comprobó que era un audio:

–Mamá, disculpa, pero me ha llamado Erika. Necesita que le eche una mano en un trabajo, por lo que igual llego tarde. Mejor no me esperes para cenar, ya comeremos algo allí. Y tranquila, que sí que estaré en su casa. Si no me crees, llama al fijo. Besos.

Obviamente no le quedó de otra que creer a su hija. Pero no podía evitar sentir cierto desasosiego. No tanto porque pudiera volver a salir de fiesta, como porque hubiera olvidado su cumpleaños. Para no deprimirse más, lo achacó a la presión por los exámenes, y se concentró en su trabajo. Todos y todas llevaban sus lazos lilas, y se felicitaban por el día de la mujer. Incluso Puri, de compras, le hizo un comentario amable por su pañuelo especial, y lo bien que le sentaba. Pero nadie recordó que había otra cuestión más a felicitar. 

Al acabar la jornada volvió sin mucha prisa a casa. Total, no la esperaba su hija. Se colocó el moño un poco en el espejo del coche y repasó mentalmente algunas de sus últimas experiencias. Casi suelta una lágrima, pero no se permitió flaquear, el balance era positivo, y al llegar a casa se serviría una copa de un buen vino. Se lo había ganado. Accedió a su domicilio por la puerta principal y al encender la luz de la entrada, se encendió también la del salón.

–¡SORPRESA! –La mayoría de sus conocidos, amigos, familiares y compañeros de oficina, hasta el mismo director, habían acudido a la llamada de Marta, su hija.

–Feliz cumpleaños, mamá. ¿No habrías pensado que me había olvidado, verdad?

–¡Muchas gracias hija!

Ahora sí, dejó que las lágrimas estropearan su perfecto maquillaje. Pero en esta ocasión de alegría. Yo la abrazaba mientras ella se desahogaba con húmedos agradecimientos, y yo le decía que de eso nada, que era yo quién le debía agradecer por ser siempre mi amiga.

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